miércoles, 19 de noviembre de 2008

Amor Psycho (cuento)

Esa noche, por alguna razón no me podía dormir. Mi hermana estaba a mi lado, casi todas las noches ella llega del trabajo y se va a dormir conmigo. Conversamos un rato, me cuenta de su día y yo le hablo del mío, nos reímos, vemos televisión y luego a descansar.
Escuchaba ruidos, siempre escucho cosas por las noches, pero nadie le da importancia a lo que digo: “es el viento”, “es un perro, duérmete”, eso me decían para que me quedara tranquila, pero no, yo sabía que no era nada de lo anterior.
En el día había paseado a mi perro en una plaza cercana a mi casa. Dante, así se llama, es un poddle blanco de cuatro años, y como en mi familia no hay bebes, Dante es la alegría del hogar. Si algún día me mandan al supermercado, o a comprar pan en el almacén de mi calle, me quejo hasta por lo que no me puedo quejar, pero cuando se trata de mi perro, las cosa son distintas. Es tan lindo, me puede escuchar horas y horas sin reclamar, y, a pesar de lo que yo haga, sé que cuando llegue a casa siempre me va a querer.
Trotábamos en nuestra segunda vuelta por la plaza y yo escuchaba “amor psycho” en mi mp4. Dante, con su lengua afuera, miraba el paisaje; de pronto un tipo se me acercó, no puedo decir que no me dio miedo, tenía una cicatriz en el lado derecho de su rostro, una ceja tan larga como Chile, y los dientes más amarillos que nunca había visto. Se veía sucio… con el cabello grasiento y con ropa que se notaba no lavaba hace mucho tiempo. ¡Que asco¡, pensé.
Nos hizo detenernos, Dante ladró, me quité los audífonos y los guardé en mi bolsillo. El preguntó por qué yo vestía así: usaba un top celeste y calzas negras, zapatillas deportivas y tenía el cabello tomado. “Estoy corriendo, esta es ropa para hacer ejercicio”, respondí asustada, mientras el acariciaba a mi perro. Yo sólo tengo esta ropa, dijo, tomando su abrigo grasiento y lleno de pelos de gato.
- Permiso, me tengo que ir, contesté, y seguí mi camino.
Nunca me iba a casa antes de correr cuatro vueltas, pero ese día Dante se veía cansado, así que decidí caminar lentamente. Al llegar le puse agua en su plato y me fui a la ducha.
Me encantan los animales. Mi gato Simone es el único que con su ronroneo me tranquiliza de sobremanera. Cada vez que lo escucho entro en una especie de trance; es tan grato, por eso amo que esté conmigo cada vez que me dispongo a descansar.
Javiera, mi hermana, dormía junto a mí. No se movía ni un centímetro, y a pesar de que los ruidos eran cada vez más cercanos, ella no escuchaba.
Comenzó la lluvia. Ahora esos extraños sonidos que antes me preocupaban, se mezclaban con el ruido de las gotas cayendo sobre el cobertizo de latas que hay junto a mi ventana.
Me di tantas vueltas, y pensé tantas cosas, que olvidé el asunto y todo lo que había ocurrido en el día. Tenía calor, a pesar de que la lluvia ya se había transformado en una pequeña tormenta, así que me destapé un poco.
Todas las noches, a eso de las doce, Simone llega a maullar a mi ventana. Yo le abro para que entre, se acomoda a mi lado y con su ronroneo me hace dormir. Miré la hora en mi celular, ya eran la una y seguía despierta. “Es agosto”, pensé, Simone debe estar disfrutando del mes con su novia en algún tejado cercano. Cerré los ojos y me concentré en mi objetivo: dormirme pronto… minutos más tarde ya estaba en brazos de Morfeo.
Me despertó un ruido tan fuerte como si algo se desarmara. Abrí los ojos y miré hacia la ventana, ahí estaba… era Simona, por fin en mi dormitorio. Lo dejé entrar y lo acomodé en mi lado. Estaba tan contenta, es increíble como un animal indefenso puede dar tranquilidad. Estaba mojado, así que tomé mi secador de pelo y lo sequé. Me tranquilicé, ya podía dormir… pero había algo que no me lo permitía.
Yo duermo boca abajo y con mis cabellos sobre las orejas, para sentirme protegida del frío. Así me encontraba esa noche, aquella noche que estará por siempre en la mente de muchas personas. Cada cinco minutos miraba hacia la puerta de mi dormitorio, sentía como si al mirar por sobre mi hombro me encontraría con algo aterrador.
Mi familia siempre ha pensado que soy rara. No como carne ni tiño mi cabello, no me gusta la ropa holgada ni los nombres gringos, cada vez que puedo reclamo en contra de las ambulancias, el que tengan el nombre al revés simplemente me perturba, no creo en Dios ni en la justicia, me gusta la ropa americana (usada), no fumo ni bebo alcohol, mi color favorito ni siquiera se considera un color, “solo es negro”, me cargan los computadores… aun creo en la poesía de un lápiz, prefiero mil veces escribir antes que hablar, si tuviera que elegir una forma de arte, mi favorita es la fotografía y creo que me comunico con los animales mejor que con las personas, no me gustan los hombres… tampoco las mujeres, me gustan las almas, escucho rock y delineo mis ojos negros cada vez que puedo.
Aún no me dormía. Trataba de recordar si las puertas de mi casa estaban bien cerradas, quise despertar a Javiera, le pregunté mil veces si le había puesto llave a la reja, pero ella sólo dijo “¡Angela!”, ese es mi nombre, tomé el celular y marqué, “llamando … papá”. Sonaba marcando, el tono se repetía y repetía, pero no me contestaba. Yo estaba en el segundo piso y el miedo no me permitía bajar. Ya eran las dos de la mañana.
Estoy imaginando cosas pensé, y decidí volver a la cama. En mi casa nunca había pasado algo, esta no sería la primera vez. Abracé a Simone y cerré los ojos, no se si era el cansancio de pensar en los ruidos que se escuchaban o sólo fue por la hora, pero dormí como nunca.
Pasos. Miré la hora y ya eran las 3.30 am. Esta vez estaba segura de lo que escuchaba, me quedé quieta y solo tragué, moví mi mano izquierda en busca de mi hermana, pero ella no estaba. Luego de que me dormí, había despertado y después de ir al baño se fue a dormir a su cama.
Simone ronroneaba, la lluvia seguía y los pasos eran cada vez más cercanos. Estaba oscuro, pero mi dormitorio algo se iluminaba con la luz de la luna que entraba por la ventana. En un momento no se escucharon más pasos, lo que fuera que estaba en mi casa ya se encontraba en la puerta de mi pieza, la distancia de esta con cualquier otro dormitorio es tan grande, que aunque hubiese querido gritar, nadie me habría escuchado. Apreté los dientes y decidí no cerrar los ojos.
Entonces apareció por el umbral de mi puerta. Era la silueta de un hombre, se podía escuchar su respiración, no dije nada. El se acercó a la ventana y lo vi, la cicatriz en su rostro, era el tipo que en el día me había preguntado por mi vestimenta. Grité, y el asco que me causaba mezclado con el miedo que le tenía, me hicieron vomitar.
El se abalanzó sobre mi y tapó mi boca con su sucia mano izquierda. Con la derecha sostenía un cuchillo cocinero que, reconocí, era de mi casa. Una lágrima cayó de mi ojo derecho y como en un flash back, en segundos recorrí los mejores y peores pasajes de mi vida. Recordé cuando a mis 7 años nació mi hermano pequeño, Enzo; cuando a los 9 murió mi abuelo Fernando y todo lo que sufrió mi madre; vi cuando me caí de la bicicleta y papá dijo que esa marca en mi rodilla sería un trofeo de guerra, mi madre enseñándome a dividir todas las noches y luego besándome en la frente como recompensa por mi trabajo; ahí estaba también en mi mente mi primer beso con ese guapo compañero de colegio, a los 13 años, y luego el momento en que mi hermana me dio la mayor alegría de mi vida cuando nació mi sobrino Tomás. Tiritando pensé en mi ultimo cumpleaños, hace 3 días, cuando llegué a los 21. Mi mamá con la torta en sus manos y toda mi familia cantándome. Entonces la película terminó… duró sólo unos segundos, lo miré a los ojos y me rendí, ahí sentí algo tibio en mi cuello, él muy cobarde me había cortado. Abrí los ojos lo más grande que pude, hasta que de a poco comenzaron a cerrarse, minutos después ya estaba desangrada y muerta. Era 15 de agosto cuando dejé de existir.
Hoy no sé que día es, pero sé que estoy en mi casa, sentada en la cocina viendo televisión. Simone ronronea a mi lado y Dante está junto a la estufa. Dan las noticias y la periodista habla de un asesinato, en las imágenes aparece el tipo que me quitó la vida, se llama Víctor y dicen que luego de matarme me violó. Con el mismo cuchillo que cortó mi cuello escribió su nombre en mi estomago, al igual que un niño marca su juguete preferido.
Tengo frío y escucho a alguien llorar. Es Javiera con Tomás en sus brazos. Ese día llegó a casa y venía con unas copas de alcohol en la sangre, olvidó poner llave a las puertas y activar la alarma.
Víctor, el tipo de la plaza, me había seguido hasta la casa. Esperó a que se hiciera de noche y luego de que mi hermana entrara, él hizo lo mismo. Cuidadosamente se escondió en el patio detrás de los autos estacionados, hasta que todos se durmieron. En ese momento entró y de a poco recorrió todos los rincones de la casa hasta que finalmente encontró mi dormitorio.
Me había espiado durante seis meses. Es Ingeniero Comercial de la Universidad Católica y desde que me vio, comenzó a vivir en la calle, esperando a que me apareciera por alguna esquina cercana a mi casa. La cicatriz en su rostro era de autoría de Dante, que lo atacó cuando comenzó a seguirme.
“Mi hijo es inocente”. Su madre alega demencia, mi madre llora y reza el rosario, mientras mi padre se toma la cabeza con ambas manos, como si se le fuese a caer si no lo hiciera.
Terminaron las noticias. Javiera llora, Tomás juega con mis fotografías y besa mi rostro. En algún lugar de la casa Enzo, mi hermano, escucha mi canción favorita: “amor psycho”. Yo me acuesto a escuchar a Simone como ronronea… Esta vez si quiero dormir.

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