
El placer de la fantasía, es saber que estás en una. Vivirla y sentirla al tener conciencia de que te mueves en un plano casi “irreal”, te da ese gustito maldito por lo falso.
Lo no concretado. Ese plano paralelo que es y no es, que a veces y por momentos; sólo a veces te transporta a otro lugar, a un mundo nuevo, a una vida aparte. A lo fantástico pero escondido.
Es por eso que en el momento en que esa fantasía coincide con lo real… el sueño se va a la mierda.
Esos vacíos de realidad que en ocasiones en medio de lo irreal pero verdadero, nos chocan como violentos espasmos listos y hechos para traernos de vuelta al plano uno.
Como una especie de reanimación nos damos de frente con lo que somos, eso que no siempre nos gusta, pero está. Ese maldito estándar de persona que nos han impuesto desde que somos infantes; la mierda más clasificadora… las etiquetas en nuestras orejas.
Es por eso que la fantasía y la realidad no deben coincidir: “Plano uno y plano dos no son compatibles”, es la mezcla de ambos planos la que aceptamos. No podemos vivir fuera de la realidad, y hay que asumirlo… la vida sería muy fome sin una pisca de fantasía.
¡Qué Boludés!
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